El logro del fracaso. Constante cambio.

Los logros suelen medirse por medallas. Por premios. Por papeles pagados, certificados y compulsados.

Por hallazgos, inyecciones de autoestima y soplos de ego.

Nosotros no venimos de ahí. Poco apoyo aparte de palmaditas esporádicas y, tal vez, lo incondicional de nuestros familiares y/o allegados. Pocas ganas de demostrar nada.

¿El qué? ¿A quién?

No se pueden medir nuestros logros ni se puede pesar nuestro bagaje ni se nos puede otorgar ningún reconocimiento oficial, ningún contrato.

Nuestros logros se miden por nuestros fracasos. Por el sudor de nuestra frente. El de nuestro sobaco. Las lágrimas de los lagrimales. La sangre vertida en el esfuerzo y el sacrificio. Lo que emana de nuestros poros. Lo que la piel siente. Lo que los ojos ven y no. Lo que la mente traga y vomita. Lo que la garganta aprende, dice y calla. Lo que el cuerpo transita. Los caminos seguidos, los rechazados, los bifurcados.

Todo eso más allá de lo que las palabras pueden abarcar. Nuestros logros van por dentro. No nos vemos encima de un podio porque tampoco es lo que buscamos ni lo que queremos.

¿Qué queremos?

Nuestros logros nos abrazan o nos pellizcan cuando los conductos laten y los pensamientos golpean las paredes. La experiencia, como agua, nos corre por los surcos.

Nuestros logros son espinas y son cicatrices en la piel y son cicatrices no solo en la piel.

Nuestros logros son y no son nada. Son una piedra que cae en un estanque o un mar, efímera tras el instante en que rompe la superficie y baja hasta el fondo.

Nuestros logros van más allá, pero la vida va más allá de nuestros logros, y eso es lo que nos permite seguir levantándonos cada mañana o cada tarde o cada noche como si fuera la primera. Como si fuera la última.

Nuestros logros son lo que son, sumados a nuestros fracasos y a todo aquello que nos compone, pero cambian según la perspectiva con que se mire. Acompañan la autenticidad de ser, porque nos respiran en la nuca mientras somos. Porque nos acarician con las uñas el espejo. Porque se diluyen entre lo que somos.

Son nuestro olvido, nuestro centro de la periferia, nuestro trofeo sin aplaudir y sin recoger siquiera. Son una pieza que encaja en el puzle de más de mil piezas, incontable. Lo que está en el cielo y lo que está bajo tierra, porque como es arriba es abajo.

Como es adentro, es afuera. Pero el viaje es hacia dentro. Noli foras ire. Siento gratitud porque conozco a personas excepcionales, únicas e irrepetibles con y de las que aprendo.

GRACIAS. A LAS PERSONAS QUE ME INSPIRAN, QUE ME DAN Y ME RECIBEN EL AMOR, QUE ME SACAN DEL SUEÑO CUANDO YA ES TIEMPO Y ME RETRASAN EL ENTRAR EN ÉL PORQUE TODAVÍA NO ES.